A continuación el texto elaborado por el Pbro. Marcelo De Benedectis, para el Taller de MEC
Los Salmos en la vida cristiana
Jornadas de formación de los Ministros extraordinarios de la Comunión
Octubre de 2011
Los salmos son la historia de salvación hecha oración: lo que otros libros de la Biblia nos cuentan, los salmos lo cantan. No podemos hablar largamente de los Salmos, pero por lo menos digamos que son elevaciones a Dios cantadas por el pueblo de Dios, son oraciones. Por fuerza tendremos que hacer algún análisis, pero este servirá solamente para facilitar nuestra oración; son un modo con el que Dios nos enseña a orar. Y son oraciones cantadas, esto es, no se dicen simplemente con los labios, sino que son oraciones en las que el hombre está comprometido en su emotividad, en su fantasía, en la imaginación. Por tanto, los Salmos son poesía, y por esto son ricos en imágenes, en ritmo; hay que cantarlos, por lo menos interiormente, para poderlos captar en su mensaje.
Son, pues, oración, oración cantada, y propia del pueblo de Dios. Es decir, los recitamos no simplemente como una oración antigua que ha conservado todo su calor y toda su riqueza con el correr de los siglos, sino como oración del pueblo de Dios en camino, hoy: la oración que Dios pone en nuestros labios, oraciones de la Iglesia de hoy, y nos enseñan qué de pedir a Dios la Iglesia de hoy, qué debe desear, qué debe esperar. Tratemos, pues, de meditar sobre los Salmos entrando en este ritmo de poesía, de oración que, en nombre de Dios, por inspiración divina, quieren poner dentro de nosotros de modo auténtico.
El Santo Padre Benedicto XVI hace poco expresó: “Los Salmos se ofrecen al creyente como texto de oración, que tiene como único fin convertirse en la oración de quien lo asume y con ellos se dirige a Dios. Dado que son Palabra de Dios, quien reza los Salmos le habla a Dios con las mismas palabras que Dios nos ha dado, se dirige a Él con las palabras que Él mismo nos da. Así, rezando los Salmos se aprende a rezar. Son una escuela de oración”. (Catequesis del 22 junio de 2011).
Continúa es Santo Padre: “El Salterio se presenta como un “formulario” de oraciones, una selección de ciento cincuenta Salmos que la tradición bíblica da al pueblo de los creyentes para que se convierta en su (nuestra) oración, nuestro modo de dirigirnos a Dios y de relacionarnos con Él. En este libro, encuentra expresión toda la experiencia humana con sus múltiples caras, y toda la gama de los sentimientos que acompañan la existencia del hombre. En los Salmos, se entrelazan y se expresan la alegría y el sufrimiento, el deseo de Dios y la percepción de la propia indignidad, felicidad y sentido de abandono, confianza en Dios y dolorosa soledad, plenitud de vida y miedo a morir. Toda la realidad del creyente confluye en estas oraciones, que el pueblo de Israel primero y la Iglesia después asumieron como meditación privilegiada de la relación con el único Dios y como respuesta adecuada en su revelación en la historia. En cuanto oración, los Salmos son la manifestación del espíritu y de la fe, en los que uno puede reconocerse y en los que se comunica esta experiencia de particular cercanía a Dios a la que todos los hombres están llamados. Toda la complejidad de la existencia humana se concentra en la complejidad de las distintas formas literarias de los distintos Salmos: himnos, lamentaciones, súplicas individuales y colectivas, cantos de agradecimiento, salmos penitenciales, y otros géneros que se pueden encontrar en estas composiciones poéticas”.
“No obstante esta multiplicidad expresiva, pueden identificarse dos grandes ámbitos que sintetizan la oración del Salterio: la súplica, ligada al lamento, y la alabanza, dos dimensiones relacionadas y casi inseparables. Porque la súplica está animada por la certeza de que Dios responderá, y esto abre a la alabanza y a la acción de gracias; y la alabanza y el agradecimiento surgen de la experiencia de una salvación recibida, que supone una necesidad de ayuda que la súplica expresa”. (Ibidem)
El Papa Juan Pablo II se dedicó mucho a educar a los cristianos a orar con los Salmos. Nos recomendó vivir la experiencia orante de la Liturgia de las Horas. Dice Juan Pablo II:
“En la carta apostólica Novo millennio ineunte expresé el deseo de que la Iglesia se distinga cada vez más en el «arte de la oración», aprendiéndolo siempre de nuevo de los labios mismos del divino Maestro (cf. n. 32). Ese compromiso ha de vivirse sobre todo en la liturgia, fuente y cumbre de la vida eclesial. En esta línea es importante prestar mayor atención pastoral a la promoción de la Liturgia de las Horas, como oración de todo el pueblo de Dios (cf. ib., 34). En efecto, aunque los sacerdotes y los religiosos tienen un mandato preciso de celebrarla, también a los laicos se les recomienda encarecidamente. Esta fue la intención de mi venerado predecesor Pablo VI al publicar, hace poco más de treinta años, la constitución Laudis canticum, en la que establecía el modelo vigente de esta oración, deseando que «el pueblo de Dios acoja con renovado afecto» los salmos y los cánticos, estructura fundamental de la Liturgia de las Horas.
Es un dato esperanzador que muchos laicos, tanto en las parroquias como en las agrupaciones eclesiales, hayan aprendido a valorarla. Con todo, sigue siendo una oración que supone una adecuada formación catequística y bíblica, para poderla gustar a fondo…De este modo, deseo estimular y ayudar a todos a orar con las mismas palabras utilizadas por Jesús y presentes desde hace milenios en la oración de Israel y en la de la Iglesia.
Continúa el Papa: “Los santos Padres, con profunda penetración espiritual, supieron discernir y señalar que Cristo mismo, en la plenitud de su misterio, es la gran «clave» de lectura de los salmos. Estaban plenamente convencidos de que en los salmos se habla de Cristo. Jesús resucitado se aplicó a sí mismo los salmos, cuando dijo a los discípulos: «Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí» (Lc 24,44). Los Padres añaden que en los salmos se habla de Cristo, o incluso que es Cristo mismo quien habla. Al decir esto, no pensaban solamente en la persona individual de Jesús, sino en el Christus totus, en el Cristo total, formado por Cristo cabeza y por sus miembros.
Así nace, para el cristiano, la posibilidad de leer el Salterio a la luz de todo el misterio de Cristo. Precisamente desde esta perspectiva se descubre también la dimensión eclesial, particularmente puesta de relieve por el canto coral de los salmos. De este modo se comprende que los salmos hayan sido tomados, desde los primeros siglos, como oración del pueblo de Dios…El libro del Salterio ha de ser la fuente ideal de la oración cristiana, y en él seguirá inspirándose la Iglesia en el nuevo milenio. (Catequesis del 28 de marzo de 2001).
Retomemos lo dicho por Benedicto XVI:
“No obstante esta multiplicidad expresiva, pueden identificarse dos grandes ámbitos que sintetizan la oración del Salterio: la súplica, ligada al lamento, y la alabanza, dos dimensiones relacionadas y casi inseparables. Porque la súplica está animada por la certeza de que Dios responderá, y esto abre a la alabanza y a la acción de gracias; y la alabanza y el agradecimiento surgen de la experiencia de una salvación recibida, que supone una necesidad de ayuda que la súplica expresa.
En la súplica, el que ora se lamenta y describe su situación de angustia, de peligro, de desolación, o bien, como en los Salmos penitenciales, confiesa la culpa, el pecado, pidiendo ser perdonado.
Le expone al Señor su necesidad con la confianza de ser escuchado, y esto implica un reconocimiento de Dios como bueno, deseoso del bien y “amante de la vida” (cfr Sabiduría 11, 26), preparado para ayudar, salvar, perdonar. Así, por ejemplo, reza el Salmista en el Salmo 31: “Yo me refugio en ti, Señor, ¡que nunca me vea defraudado! […] Sácame de la red que me han tendido, porque tú eres mi refugio” (vv. 2.5). Ya en el lamento, por tanto, puede surgir algo de la alabanza, que se preanuncia en la esperanza de la intervención divina y se hace después explícita cuando la salvación divina se convierte en realidad. De modo análogo, en los Salmos de agradecimiento y de alabanza, haciendo memoria del don recibido o contemplando la grandeza de la misericordia de Dios, se reconoce también la propia pequeñez y la necesidad de ser salvados, que es la base de la súplica. Se confiesa así a Dios, la propia condición de criatura inevitablemente marcada por la muerte, si bien portadora de un deseo radical de vida, Por esto el Salmista exclama, en el Salmo 86: “Te daré gracias, Dios mío, de todo corazón, y glorificaré tu Nombre eternamente; porque es grande el amor que me tienes, y tú me libraste del fondo del abismo” (versículos 12-13). De este modo, en la oración de los Salmos, la súplica y la alabanza se entrelazan y se funden en un único canto que celebra la gracia eterna del Señor que se inclina hacia nuestra fragilidad.
Precisamente para permitir al pueblo de los creyentes que se unan en este canto, se entregó el libro del Salterio a Israel y a la Iglesia. Los Salmos, de hecho, enseñan a rezar. En ellos, la Palabra de Dios se convierte en palabra de oración -y son las palabras del Salmista inspirado- y al mismo tiempo se convierte también en la palabra del orante que reza los Salmos. Es esta la belleza y la particularidad de este libro bíblico: las oraciones contenidas en él, a diferencia de otras oraciones que encontramos en la Sagrada Escritura, no se insertan en una trama narrativa que especifica su sentido y la función. Los Salmos se ofrecen al creyente como texto de oración, que tiene como único fin convertirse en la oración de quien lo asume y con ellos se dirige a Dios. Dado que son Palabra de Dios, quien reza los Salmos le habla a Dios con las mismas palabras que Dios nos ha dado, se dirige a Él con las palabras que Él mismo nos da. Así, rezando los Salmos se aprende a rezar. Son una escuela de oración.
Algo análogo sucede cuando el niño comienza a hablar, aprende a expresar sus propias sensaciones, emociones, necesidades con palabras que no le pertenecen de modo innato, sino que aprende de sus padres y de los que viven con él. Lo que el niño quiere expresar es su propia vivencia, pero el medio expresivo es de otros; y él, poco a poco se apropia de este medio, las palabras recibidas de sus propios padres se convierten en sus palabras y a través de las palabras aprende también un modo de pensar y de sentir, accede a un mundo de conceptos, y crece en ellos, se relaciona con la realidad, con los hombres y con Dios. La lengua de sus padres finalmente se convierte en su lengua, habla con palabras recibidas de otros que en este momento se han convertido en sus palabras. Esto mismo sucede con la oración de los Salmos. Se nos presentan para que nosotros aprendamos a dirigirnos a Dios, a comunicarnos con Él, a hablarle de nosotros con sus palabras, a encontrar un lenguaje para el encuentro con Dios. Y, a través de estas palabras, será posible también conocer y acoger los criterios de su actuación, acercarse al misterio de sus pensamientos y de sus caminos (cfr Isaías 55,8-9), y así crecer cada vez más en la fe y en el amor. Al igual que nuestras palabras no son sólo palabras, sino que nos enseñan un mundo real y conceptual, del mismo modo estas oraciones nos enseñan el corazón de Dios, por lo que no sólo podemos hablar con Dios, sino que podemos aprender quién es Dios y, al aprender cómo hablar con Él, aprendemos lo que significa ser hombre, ser nosotros mismos.
Para este propósito, parece significativo el título que la tradición judía ha dado al Salterio. Este es tehillîm, un término judío que quiere decir “alabanza”, de esta raíz verbal viene la expresión “Halleluyah”, es decir, literalmente “alabad al Señor”. Este libro de oraciones, por tanto, aunque es multiforme y complejo, con sus diferentes géneros literarios y con sus articulaciones entre alabanza y súplica, es un libro de alabanza, que nos enseña a dar gracias, a celebrar la grandeza del don de Dios, a reconocer la belleza de sus obras y a glorificar su Nombre Santo. Es esta la respuesta más adecuada ante la manifestación del Señor y la experiencia de su bondad. Enseñándonos a rezar, los Salmos nos enseñan que incluso en la desolación, en el dolor, permanece la presencia de Dios, es fuente de maravilla y de consuelo, se puede llorar, suplicar, interceder, lamentarse, pero con la conciencia de que estamos caminando hacia la luz, donde la alabanza podrá ser definitiva. Como nos enseña el Salmo 36: “En ti está la fuente de la vida, y por tu luz vemos la luz” (Sal 36,10).
Pero además de este título general del libro, la tradición hebrea ha puesto en muchos Salmos, títulos específicos, atribuyéndolos, en su mayoría, al rey David. Figura de notable profundidad humana y teológica, David es un personaje complejo, que ha atravesado las más distintas experiencias fundamentales de la vida. Joven pastor del rebaño paterno, pasando por alternantes y a veces, dramáticas experiencias, se convierte en rey de Israel, pastor del pueblo de Dios. Hombre de paz, combatió muchas guerras; incansable y tenaz buscador de Dios, traicionó el amor, y esto es característico: siempre fue un buscador de Dios, aunque pecó gravemente muchas veces; humilde penitente, acogió el perdón divino, incluso el castigo divino, y aceptó un destino marcado por el dolor. David fue un rey con todas sus debilidades, “según el corazón de Dios” (cfr 1Samuel 13,14), es decir un orante apasionado, un hombre que sabía lo que quiere decir suplicar y alabar. La relación de los Salmos con este insigne rey de Israel es, por tanto, importante, porque es una figura mesiánica, Ungido por el Señor, en el que se preanuncia en cierto sentido el misterio de Cristo.
Igualmente importantes y significativos son el modo y la frecuencia con la que las palabras de los Salmos son retomadas en el Nuevo Testamento, asumiendo y destacando el valor profético sugerido por la relación del Salterio con la figura mesiánica de David. En el Señor Jesús, que en su vida terrena rezó con los Salmos, encuentran su definitivo cumplimiento y revelan su sentido más profundo y pleno. Las oraciones del Salterio, con las que se habla a Dios, nos hablan de Él, nos hablan del Hijo, imagen del Dios invisible (Colosenses 1,15), que nos revela completamente el Rostro del Padre. El cristiano, por tanto, rezando los Salmos, reza al Padre en Cristo y con Cristo, asumiendo estos cantos en una perspectiva nueva, que tiene en el misterio pascual su última clave interpretativa. El horizonte del orante se abre así a realidades inesperadas, todo Salmo tiene una luz nueva en Cristo y el Salterio puede brillar en toda su infinita riqueza”.
Termina el Santo Padre: “Hermanos y hermanos queridísimos, tomemos, por tanto, con la mano este libro santo, dejémonos enseñar por Dios para dirigirnos a Él, hagamos del Salterio una guía que nos ayude y nos acompañe cotidianamente en el camino de la oración. Y pidamos también nosotros, como discípulos de Jesús,“Señor, enséñanos a orar” (Lucas 11,1), abriendo el corazón y acogiendo la oración del Maestro, en el que todas las oraciones llegan a su plenitud. Así, siendo hijos en el Hijo, podremos hablar a Dios, llamándolo “Padre Nuestro”.
En la Catequesis del miércoles 4 de abril de 2001, Juan Pablo II nos enseñaba:
“Antes de comenzar el comentario de los salmos y cánticos de las Laudes, completamos hoy la reflexión introductoria que iniciamos en la anterior catequesis. Y lo hacemos tomando como punto de partida un aspecto muy arraigado en la tradición espiritual: al cantar los salmos, el cristiano experimenta una especie de sintonía entre el Espíritu presente en las Escrituras y el Espíritu que habita en él por la gracia bautismal. Más que orar con sus propias palabras, se hace eco de los "gemidos inenarrables" de los que habla san Pablo (cf. Rm 8, 26), con los cuales el Espíritu del Señor impulsa a los creyentes a unirse a la invocación característica de Jesús: "¡Abbá, Padre!" (Rm 8, 15; Ga 4, 6).
Los antiguos monjes estaban tan seguros de esta verdad, que no se preocupaban de cantar los salmos en su lengua materna, pues les bastaba la convicción de que eran, de algún modo, "órganos" del Espíritu Santo. Estaban convencidos de que por su fe los versículos de los salmos les proporcionaban una "energía" particular del Espíritu Santo. Esa misma convicción se manifiesta en la utilización característica de los salmos que se llamó "oración jaculatoria" -de la palabra latina iaculum, es decir, dardo- para indicar expresiones salmódicas brevísimas que podían ser "lanzadas", casi como flechas incendiarias, por ejemplo contra las tentaciones. Juan Cassiano, escritor que vivió entre los siglos IV y V, recuerda que algunos monjes habían descubierto la eficacia extraordinaria del brevísimo incipit del salmo 69: "Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme", que desde entonces se convirtió en el pórtico de ingreso de la Liturgia de las Horas.
Además de la presencia del Espíritu Santo, otra dimensión importante es la de la acción sacerdotal que Cristo realiza en esta oración, asociando a sí a la Iglesia su esposa. A este respecto, precisamente refiriéndose a la Liturgia de las Horas, el concilio Vaticano II enseña: "El sumo sacerdote de la nueva y eterna Alianza, Jesucristo (...) une a sí toda la comunidad humana y la asocia al canto de este divino himno de alabanza. En efecto, esta función sacerdotal se prolonga a través de su Iglesia, que no sólo en la celebración de la Eucaristía, sino también de otros modos, sobre todo recitando el Oficio divino, alaba al Señor sin interrupción e intercede por la salvación del mundo entero" (Sacrosanctum Concilium, 83).
También la Liturgia de las Horas, por consiguiente, tiene el carácter de oración pública, en la que la Iglesia está particularmente implicada. Así, es iluminador redescubrir cómo la Iglesia fue definiendo progresivamente este compromiso específico suyo de oración realizada de acuerdo con las diversas fases del día. Para ello es preciso remontarse a los primeros tiempos de la comunidad apostólica, cuando aún existía un estrecho vínculo entre la oración cristiana y las así llamadas "plegarias legales" - es decir, prescritas por la Ley de Moisés- que se rezaban en determinadas horas del día en el templo de Jerusalén. El libro de los Hechos de los Apóstoles dice que "acudían al templo todos los días" (Hch 2, 46) o que "subían al templo para la oración de la hora nona" (Hch 3, 1). Y, por otra parte, sabemos también que las "plegarias legales" por excelencia eran precisamente la de la mañana (laudes) y la de la tarde (vísperas).
Gradualmente los discípulos de Jesús descubrieron algunos salmos particularmente adecuados para determinados momentos del día, de la semana o del año, viendo en ellos un sentido profundo en relación con el misterio cristiano. Un testigo autorizado de este proceso es san Cipriano, que, en la primera mitad del siglo III, escribe: "Es necesario orar al inicio del día para celebrar con la oración de la mañana la resurrección del Señor. Eso corresponde a lo que una vez el Espíritu Santo indicó en los Salmos con estas palabras: "Rey mío y Dios mío. A ti te suplico, Señor, por la mañana escucharás mi voz, por la mañana te expongo mi causa y me quedo aguardando" (Sal 5, 3-4). (...) Luego, cuando se pone el sol y declina el día, es preciso hacer nuevamente oración. En efecto, dado que Cristo es el verdadero sol y el verdadero día, en el momento en que declinan el sol y el día del mundo, pidiendo en la oración que vuelva a brillar sobre nosotros la luz, invocamos que Cristo nos traiga de nuevo la gracia de la luz eterna" (De oratione dominica, 35: PL 39, 655).
La oración cristiana nace, se alimenta y se desarrolla en torno al evento por excelencia de la fe: el misterio pascual de Cristo. De esta forma, por la mañana y por la tarde, al salir y al ponerse el sol, se recordaba la Pascua, el paso del Señor de la muerte a la vida. El símbolo de Cristo "luz del mundo" es la lámpara encendida durante la oración de Vísperas, que por eso se llama también lucernario. Las horas del día remiten, a su vez al relato de la pasión del Señor, y la hora Tertia también a la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Por último, la oración de la noche tiene carácter escatológico, pues evoca la vigilancia recomendada por Jesús en la espera de su vuelta (cf. Mc 13, 35-37). Al hacer su oración con esta cadencia, los cristianos respondieron al mandato del Señor de "orar sin cesar" (cf. Lc 18, 1; 21, 36; 1 Ts 5, 17; Ef 6, 18), pero sin olvidar que, de algún modo, toda la vida debe convertirse en oración. A este respecto escribe Orígenes: "Ora sin cesar quien une oración a las obras y obras a la oración" (Sobre la oración XII, 2: PG 11, 452 c).
(La vida de cada día es la oración que tenemos y la oración que nos falta!!!)
Este horizonte en su conjunto constituye el hábitat natural del rezo de los salmos. Si se sienten y se viven así, la doxología trinitaria que corona todo salmo se transforma, para cada creyente en Cristo, en una continua inmersión, en la ola del Espíritu y en comunión con todo el pueblo de Dios, en el océano de vida y de paz en el que se halla sumergido con el bautismo, o sea, en el misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Algunas orientaciones para rezar con los Salmos:
Adorar | |
Agradecer | |
Pedir perdón | |
Pedir ayuda | |
Pedir consuelo |
Salmo 1- Feliz el hombre: “la antropología” de los salmos.
Feliz el hombre
que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor
y la medita de día y de noche!
El que es como un árbol
plantado al borde de las aguas,
que produce fruto a su debido tiempo,
y cuyas hojas nunca se marchitan:
todo lo que haga le saldrá bien.
No sucede así con los malvados:
ellos son paja que se lleva el viento.
Por eso, no triunfarán los malvados en el juicio,
ni los pecadores en la asamblea de los justos;
porque el Señor cuida el camino de los justos,
pero el camino de los malvados termina mal.
"Feliz el hombre"
El salmo que tenemos que leer juntos no es una oración. Sabemos que los salmos son las oraciones del pueblos de Dios, pero éste -que es el primer salmo- no es una oración, sino una exclamación, una bienaventuranza: "Feliz el hombre". Para entenderlo bien como exclamación, es decir, como expresión de una fuerte emoción interior, tenemos que tratar de saber de qué raíz nace, de qué intuición brota. Es una bienaventuranza: "Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos", que va junto con las bienaventuranzas de quien entra en el Reino: "Bienaventurados los pobres, bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia". Se puede ver con la bienaventuranza de María: "Dichosa tú que has creído"; o con la bienaventuranza de quien escucha la Palabra proclamada de por Jesús y la lleva a la práctica: "Bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la practican".
Este salmo expresa una exclamación que viene de una intuición profunda que atañe al hombre.
Es casi una premisa antropológica a todo el salterio: fue puesto al comienzo precisamente como premisa a todas las oraciones del salterio para indicar qué es el hombre, qué clase de hombre es el que reza. Por eso debemos leerlo con esta pregunta: ¿Cuál es ese tipo de hombre, cuál es esa figura de hombre que aquí se la reconoce como dichosa, es decir, bien lograda? Naturalmente la pregunta que sigue inmediatamente es si nosotros podemos compararnos con esa figura de hombre.
Con estas preguntas dentro de nosotros, leamos ahora el salmo. Es muy sencillo, parece hasta demasiado sencillo, si no fuera en realidad una síntesis de lo que el hebraísmo considera que es el hombre ante Dios y ante la historia. Lo vamos a leer y a releer según sus partes; después nos haremos algunas preguntas respecto de lo que nos dice el salmo.
¿Quién es el justo?
El salmo se divide fácilmente en tres partes: la primera nos habla del justo, dice quién es el justo. Ante todo dice quién no es el justo (es el que hace algunas cosas y deja de hacer otras), y después nos describe a este justo con una comparación: el árbol plantado cerca del agua.
La primera parte del salmo es, pues, un retrato muy sencillo del hombre que vive según la justicia. La segunda es cuadro opuesto, el retrato de quien es llamado impío: quién es, con que se puede comparar, cuál es su suerte. La tercera parte es una conclusión: cómo actúa Dios con el uno y con el otro.
Ahora leamos cada versículo, tratando de comprender qué nos dicen con sus imágenes. Ante todo describen la idea que el salmista tiene del hombre justo: es un hombre definido con tres realidades negativas y con dos realidades positivas. Las negativas son: no sigue el consejo de los impíos, no va por la senda de los descarriados, no se sienta en el banco de los impíos; son tres cosas que el hombre justo no hace.
En la traducción esto no queda suficientemente claro, pero el texto hebreo describe las tres cosas que el hombre no hace, refiriéndose a tres movimientos fundamentales que designan al hombre en su estructura física: el caminar, el estar de pie y el estar sentado o acostado. Son tres posiciones en las que el hombre puede comportarse de modo negativo. Y noten bien cómo se describe este triple modo negativo: no como algo que el hombre hace por cuenta propia, como sería: "Dichoso el hombre que no camina por el sendero del mal, o que se detiene para hacer el mal, o que no se sienta para meditar el mal". No se presenta individualmente al hombre en su fase negativa, sino en una sociedad: "Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, que no va por la senda de los descarriados, que no se sienta en la banco de los impíos"; es decir, se describe al hombre en la totalidad de su estructura física y también en la totalidad de su ser con los otros en una sociedad.
Se presenta esta actitud negativa del hombre como el identificarse en una sociedad, en una mentalidad, en una cultura, como diríamos hoy, de signo negativo.
Esta es la descripción de lo que no es el hombre justo: es el hombre que no se deja arrastrar por una mentalidad, por una cultura, por un ambiente, por una visión del mundo, por una forma de pensar de signo negativo, injusto.
Los dos versículos siguientes, en cambio, describen al hombre justo. Y aquí también es interesante ver que no es la descripción que esperaríamos a primera vista. Podríamos pensar que el hombre justo es el que no hace ciertas cosas, sino que obra la justicia, vive la experiencia de caridad, sirve al prójimo, reza a Dios... Aquí se describe al hombre a través de una situación mucho más fundamental: se lo describe en relación con lo que ama.
La traducción dice: "Se complace en la ley del Señor"; el texto hebreo es más fuerte: "En la ley del Señor está su alegría"; esto es, la ley del Señor es su amada, es su predilecta, la escogida; es su elección preferida, es su elección de vida.
Se describe al hombre en relación con lo que ama, en razón también de aquello en lo que piensa día y noche; el lenguaje es, pues, el del amor, del enamoramiento, algo que ha entrado dentro y que no se aparta ni del corazón ni de la mente. El medita la ley día y noche; y la palabra traducida con meditar significa también un gesto corpóreo, es decir, el murmurar, el susurrar con los labios.
Por tanto, la idea es la de un hombre que día y noche saborea la ley, hace de ella su alimento. Parece ver esas figuras venerables de rabinos que casi ininterrumpidamente repiten de memoria la ley del Señor.
Esta es la descripción del hombre justo, según lo que no hace y según lo que hace, o mejor, según lo que ama, según lo que más le interesa, según lo que tiene siempre dentro de sí: la ley del Señor , que medita día y noche sin interrupción; no hay momento en el cual no esté enamorado de la ley.
Se describe luego a este hombre con una comparación: como árbol plantado junto a corrientes de agua, que dará fruto a su tiempo. Aquí la imagen nos parece casi trivial; pero sabemos que en Palestina son escasas las corrientes de agua, y un árbol plantado cerca del agua es un lujo, es algo más bien raro, y, por tanto, es una situación excepcionalmente favorable. Este árbol plantado junto a las corrientes de agua hunde sus raíces en la tierra humedecida por el agua, y por eso sigue el ritmo productivo de las estaciones. Dará fruto a su tiempo y sus hojas no se caerán, es decir, siempre permanecerá verde. Después se resume así esta comparación: "Todo cuanto hace sale bien". Concretamente, es la realidad de un hombre que le pone atención a todo lo que hace o, según una versión más de acuerdo con el hebreo, "Dios le hace salir bien todas sus obras". Evidentemente, no en el sentido de un éxito inmediato, sino en el sentido con que pedimos en el "Padre Nuestro": "Venga tu Reino", ese Reino de Dios que llegará infaliblemente. Quien pone su amor en la Ley no quedará defraudado, todo lo que él hace queda colocado en el justo camino para la construcción del Reino, y no tendrá que arrepentirse de nada de lo que ha hecho guiado por este amor interior.
Esta es la primera parte del salmo. La segunda describe, en cambio, por contraposición al impío, al que no practica la justicia. "No así los impíos, no. Mas ellos como paja que lleva el viento": la imagen es la de quien no logra construir, ve que las cosas se le escapan de la manos, no logra tener en mano nada. Más aún, la imagen podría recordar la dispersión de los hombres que se proponen construir la Torre de Babel para llegar hasta el cielo. Tratan de hacerse famosos con esta torre, pero la confusión interior los dispersa, y, por tanto, no logran construir una ciudad, formar unidad.
"No aparecerán en el juicio de los impíos", y aquí la alusión se refiere al juicio final, al juicio de la historia. El que se encuentre en la categoría de los impíos no construye en la historia, porque el juicio sobre la historia lo encontrará carente.
El salmo termina con una frase de resumen: "Yavé conoce el camino de los justos". Es decir, pone de relieve el conocimiento amoroso, la ternura de Dios en el camino del hombre justo; mientras el camino del impío no se describe de por sí como sujeto a la ira de Dios, sino simplemente como algo que no sale bien, que se rompe, que se dispersa.
Esta es la lectura del salmo que, como ven, es muy sencilla en su expresión, aunque contenga símbolos que después la antigüedad cristiana asumió atentamente. Estas corrientes de agua en la tradición cristiana son el signo del Espíritu de Dios, y el árbol plantado junto a las corrientes de agua es el hombre que hunde sus raíces en el agua viva del Espíritu.
Otro autor cristiano antiguo, refiriéndose a este salmo, habla del palo de la cruz como árbol junto al cual y en el cual el hombre produce fruto. Por tanto, el simbolismo de este salmo se amplía hasta el bautismo: el hombre sumergido en el agua bautismal es el que produce el fruto de la vida según Dios.
El salmo, en su expresión exterior, no tiene ninguna elevación lírica, más bien es una descripción sapiencial: pero la sabiduría de las palabras se debe a la profundidad de la intuición que comanda toda esta exclamación única que es el mismo salmo.
La existencia humana es una elección
Después de haber leído y releído el salmo, preguntémonos qué es lo que se dice sobre el hombre, sobre la mujer, cuál es la premisa antropológica a todo el salterio: quién es este hombre, esta mujer a quien se le dice justo, quién es este hombre al que se le dice impío.
Notamos que este discurso antropológico sobre el hombre se distingue de cualquier discurso puramente evolutivo. Es un discurso dramático, porque es el discurso del hombre que del bien evoluciona hacia lo mejor; es una contraposición, una elección, un discurso profundamente ético-moral. El hombre sigue un camino o sigue otro; continuamente está ante decisiones serias que tienen consecuencias dramáticas para él, para su vida y para la vida del mundo.
La aventura humana no pasa de una experiencia a otra: es una aventura que va de una decisión a otra, y toda decisión compromete el futuro del hombre. Este salmo está lleno de un sentido dramático de la existencia humana, que es una elección. Una elección que puede ser equivocada, y equivocada definitivamente; una elección en la que el hombre se pone en juego a sí mismo, su porvenir, su mismo ser como hombre. El hombre se hace o se destruye en sus decisiones constructivas o destructivas respecto de él o de los demás; nadie escapa de esta realidad dramática. Este es, pues, el sentido del discurso antropológico que se pone como premisa a los salmos, que están marcados precisamente por esta dramaticidad del bien y del mal, del amor y del odio, de la luz y de las tinieblas, de la verdad y de la mentira, y el hombre está llamado continuamente a elegir entre todo esto.
Después de haber acentuado la dimensión dramática de la antropología que se encuentra en este salmo, podemos preguntarnos más atentamente quién es el impío o el injusto de quien se habla. La primera aplicación que se puede hacer es a nivel moral: el hombre justo es el que hace el bien; el injusto es el que roba, el que mata, el que es violento, el que explota al prójimo, el que siembra la división, el odio; el hombre justo es el que sirve al hermano, el que perdona, el que ama, el que reza, el que adora. Por tanto, podemos resolver la doble descripción a nivel moral, y ciertamente esto se encuentra también en la óptica del salmo.
Pero hemos visto que, en la descripción que se hace en los primeros versículos, el punto de referencia es más elevado: se describe al hombre no según la conducta moral, sino en relación con lo que ama.
Entonces, ¿quién es el hombre justo? Es el hombre que vive de la Palabra de Dios, el hombre que ha elegido como amor la Ley, la Ley entendida como Torá, es decir, como proclamación de lo que Dios es para el hombre y de lo que el hombre está llamado a ser en la Palabra de Dios. En realidad, pues, este salmo describe la bienaventuranza del hombre que ha comprendido que lo que lo hace ser él mismo no es simplemente un esfuerzo de perfección moral, sino su relación con la Palabra de Dios, el dejarse alimentar por la Palabra, el dejarse sumergir en la Palabra como en las raíces del árbol en el agua. La referencia a la alegría del hombre es esta capacidad de meditar la Palabra, de hacerla su alimento día y noche sin interrupción, sabiendo que ningún aspecto de la experiencia es extraño a la Palabra de Dios y al mensaje de su Palabra.
El hombre que aquí es llamado dichoso, es el hombre que ha comprendido que no es el auto-construirse lo que lo llevará a sentirse justo, sino la aceptación de la Palabra de amor que Dios le da. Esta Palabra me dice quién soy yo; a qué estoy llamado; cuál es la grandeza de mi llamada; cuál es la esperanza de mi vida; cuál es la esperanza del mundo. El hombre que ha comprendido esto es el hombre justo, esto es, el hombre que vive una vida moral. La moralidad del hombre va, pues, unida a la capacidad de dejarse interpelar por esta Palabra que lo ha creado y que lo explica en lo más profundo de sí mismo.
¿Y quién es el hombre no justo?. El hombre no justo es el que no logra captar el primado de la Palabra, que no logra comprender los horizontes que se abrirían a su vida si supiera acoger la Palabra de Dios; es no justo en cuanto rechaza la Palabra.
Evidentemente la Palabra tiene muchos modos de llegar al corazón del hombre; modos que no son exteriores, pero que lo llaman desde el interior hacia la verdad, la justicia, la donación de sí. Sin embargo, el hombre se califica siempre por esta capacidad de salir del cierre del egoísmo y acoger la Palabra que lo invita a la donación de sí. Un hombre así se califica no por una moral de las obras, sino por una moral de los frutos: "Es árbol plantado junto a las corrientes de agua y que dará fruto a su tiempo"; no es el hombre que actúa solamente por una posición interior, sino el que florece y da fruto, es decir, el hombre cuya acción es la extensión amorosa y razonable y auténtica de sí mismo.
Este hombre es realmente auténtico y la sociedad que él forma es una sociedad auténtica, la sociedad que da fruto en el sentido que no sólo construye cosas, sino que edifica desde el interior comportamientos y modos de ser.
Por una moral de los frutos
Esta es la moralidad del hombre que escucha la Palabra, la moralidad que da fruto a su tiempo, es decir, que madura a lo largo del camino del hombre, según el tiempo de desarrollo, según una realidad que sigue a la armonía interior.
Esta es la imagen del hombre y de su moralidad que nos presenta el salmo.
Entonces podemos hacernos algunas preguntas. Sugiero tres, sobre las que podemos reflexionar, pidiéndole a Dios que nos ilumine con su Palabra.
La primera pregunta: ¿Vivo verdaderamente la Palabra de Dios? Es decir, ¿la Palabra es algo que me llena el corazón, que me alimente, o es algo que me es exterior, lejano? Si nos interrogamos a fondo, veremos que la Palabra está mucho más cerca de nosotros, de nuestra vida, de lo que podamos a primera vista decir o describir. Pero notemos inmediatamente que a la pregunta: "¿Vivo la Palabra?" no se puede dar una respuesta genérica, hay que dar una respuesta específica, esto es: en mi vida, ¿qué tiempos le doy a la Palabra en el día, en la semana, en el mes?
Recordemos que el salmo dice: "Medita su ley día y noche"; ahora, si observo el ritmo de mi vida día y noche, ¿cuánto tiempo dedico a escuchar la Palabra, y cuanto tiempo, en cambio, dedico a lo que es dispersión, "como paja que lleva el viento"? Preguntémonos seriamente cuánto tiempo podemos quitarle sin ningún perjuicio a lo que puede ser la escucha indiscriminada, al mirar indiscriminado, la televisión o a internet, el perder tiempo sin un fin preciso, para dedicarlo en cambio a la escucha y a la lectura de la Palabra. Sin este tiempo es claro que no vivimos de la Palabra, y, por tanto, ella no tiene en nosotros esa fuerza que se describe aquí. ¿Vivimos de la Palabra?
Segunda pregunta: ¿Qué gestos nos hacen vivir de la Palabra? Nos hacen vivir de la Palabra todos esos gestos que son un fruto, es decir, una expresión real de mí en relación con los demás. Preguntémonos individualmente, y después en los días siguientes también en común, qué gestos nos hacen vivir de la Palabra, qué gestos marcan en nosotros la eficacia de la Palabra que hemos escuchado: qué gesto de perdón; qué control de los sentimientos en familia, qué control de mis emociones; qué control de la fantasía, de la mente, del cuerpo; qué control de todo lo que puede ser mi modo instintivo de reaccionar es fruto de la Palabra. Es decir, ¿expreso aún en mi cuerpo que me alimento de la Palabra y vivo en ella? En síntesis: ¿Vivo de la Palabra? ¿Qué gestos me hacen vivir de la Palabra?
Tercera pregunta: ¿Cómo vivimos el ministerio de la Comunión? Nuestra vida vive de la Palabra? ¿Nuestro ministerio vive en la disipación, como paja que se lleva el viento, siguiendo el afán rutinario, o más bien seremos capaces de dedicar un momento a la adoración, a la alabanza, al sacrificio, a la caridad, al servicio de la comunidad, y sea así un Ministerio vivido acogiendo la Palabra que se hace carne y se nos ha entregado?
Y oremos juntos a María Inmaculada, la Madre de Dios y de la Iglesia, que supo acoger la Palabra, para que nos conceda esa profunda experiencia de alegría interior de la que nació este salmo. Que este salmo de palabras tan sencillas, tan poco poéticas en apariencia, sea para nosotros lo que debe ser, es decir, un grito de corazón de quien ha comprendido que la Palabra de Dios -Dios que nos habla y se nos revela- es el todo de nuestra vida y es capaz, también hoy, ahora, de cambiarla y hacerla fecunda y bella.
Salmo 23(22)- El Señor es mi Pastor: Tú estás conmigo, esta es nuestra certeza y confianza
Seguiremos la catequesis del Papa Benedicto XVI del día 05 de octubre: Dice así:
“Queridos hermanos y hermanas, dirigirse al Señor en la oración implica siempre un acto de confianza, con la conciencia de confiarse a un Dios que es bueno, “misericordioso, lento a la ira, rico en amor y fidelidad” (Ex34,6-7; Sal 86,15; cfr Jl 2,13; Gn 4,2; Sal 103,8; 145,8; Ne 9,17). Por esto, quisiera hoy reflexionar con vosotros sobre un Salmo impregnado de confianza en su totalidad, en el que el Salmista expresa su serena certeza de que es guiado y protegido, puesto a salvo de todo peligro, porque el Señor es su pastor. Se trata del Salmo 23 (según la tradición greco-latina el número 22), un texto familiar para todos y amado por todos. “El Señor es mi pastor: nada me falta”: así comienza esta bella oración, evocando el ambiente nómada del pastoreo y la experiencia de conocimiento recíproco que se establece entre el pastor y las ovejas que componen su pequeño rebaño. La imagen recrea una atmósfera de confianza, intimidad, ternura: el pastor conoce a sus ovejas una a una, las llama por su nombre y ellas lo siguen porque lo reconocen y se fían de él (cfr Jn 10,2-4). Él las cuida, las custodia como bienes preciosos, está preparado para defenderlas, para garantizar su bienestar, para hacerlas vivir en tranquilidad. Nada puede faltarles si el pastor está con ellas. A esta experiencia se refiere el Salmista, llamando a Dios su pastor, y dejándose guiar por Él hacia pastos seguros:
“El me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas
y repara mis fuerzas ;me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre”(vv. 2-3).
La visión que se abre a nuestros ojos es la de los prados verdes y fuentes de agua límpida, oasis de paz hacia donde el pastor acompaña a su rebaño, símbolos de lugares de vida hacia donde el Señor conduce al Salmista, que se siente como las ovejas recostadas en la hierba al lado de un manantial, en situación de reposo, no en tensión o en estado de alarma, sino confiadas y tranquilas, porque el sitio es seguro, el agua es fresca y el pastor vela por ellas. No olvidemos que la escena evocada por el Salmo está ambientada en una tierra en gran parte desértica, tostada por el sol abrasador, donde el pastor semi-nómada de Oriente Medio vive con su rebaño en las estepas áridas que se extienden alrededor de los pueblos. Pero el pastor sabe donde encontrar hierba y agua, esenciales para la vida, sabe guiar hacia el oasis donde el alma se “refresca” y es posible recuperar las fuerzas y coger nuevas energías para retomar el camino.
Como dice el Salmista, Dios lo guía hacia “verdes praderas” y “aguas tranquilas”, donde todo es abundante, donde todo se da copiosamente. Si el Señor es el pastor, incluso en el desierto, lugar de carencia y de muerte, no disminuye la certeza de una radical presencia de vida, hasta el punto que se puede decir: “nada me falta”. El pastor, de hecho, tiene en el corazón el bien de su grey, adecua sus propios ritmos y sus propias exigencias a las de sus ovejas, camina y vive con ellas, guiándolas por senderos “justos”, es decir adaptados a ellas, con atención a sus necesidades y no a las propias. La seguridad de su rebaño es su prioridad y a esto obedece su guía.
También nosotros, como el Salmista, si caminamos detrás del “Pastor Bueno”, aunque puedan parecer difíciles, tortuosos o largos los senderos de la vida, incluso a menudo en zonas desérticas espiritualmente, sin agua y con un sol de racionalismo abrasador, bajo la guía del Señor debemos estar seguros de que estos son los “justos” para nosotros y que el Señor nos guía, está siempre cerca de nosotros y que no nos faltará nada. Por esto el Salmista puede declarar una tranquilidad y una seguridad sin dudas ni preocupaciones:
“Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal,
porque tú estás conmigo: tu vara y tu bastón me infunden confianza(v. 4).
Quien va con el Señor en los valles oscuros del sufrimiento, de las dudas y de todos los problemas humanos, se siente seguro. Tú estás conmigo: esta es nuestra certeza, la que nos sostiene. La oscuridad de la noche da miedo, con sus cambiantes sombras, la dificultad de distinguir los peligros, su silencio lleno de ruidos indescifrables. Si el rebaño se mueve después de la puesta de sol, cuando la visibilidad no es buena, es normal que las ovejas se inquieten, existe el riesgo de caerse o de alejarse y perderse, y también está el temor de posibles agresores que se escondan en la oscuridad. Para hablar del valle “oscuro”, el Salmista usa una expresión hebrea que evoca las tinieblas de la muerte, por tanto el valle que hay que atravesar es un lugar de angustia, de amenazas terribles, de peligros de muerte. Sin embargo, el orante camina seguro, sin miedo, porque sabe que el Señor está con él. Ese “tú estás conmigo” es una declaración de confianza inquebrantable, que resume una experiencia de fe radical; la cercanía de Dios transforma la realidad, el valle oscuro pierde toda su peligrosidad, se vacía de toda amenaza. El rebaño puede caminar tranquilo, acompañado del sonido familiar del bastón que golpea sobre el terreno y señala la presencia tranquilizadora del pastor.
Esta imagen confortadora cierra la primera parte del Salmo, y deja lugar a una escena distinta. Estamos todavía en el desierto, donde el pastor vive con su rebaño, pero ahora estamos bajo su tienda, que se abre para acoger:
“Tú preparas ante mí una mesa, frente a mis enemigos;
unges con óleo mi cabeza y mi copa rebosa”(v. 5).
Ahora el Señor se presenta como el que acoge al orante, con los signos de una hospitalidad generosa y llena de atenciones. El anfitrión divino prepara la comida en la “mesa”, un término que en hebreo significa, en su significado primitivo, la piel del animal que se extendía en la tierra y donde se colocaban los víveres para una comida en común. Es un gesto de compartir no sólo la comida sino también la vida, un oferta de comunión y de amistad que crea vínculos y que expresa solidaridad. Después está el generoso don del aceite perfumado sobre la cabeza, que alivia el calor del sol del desierto, refresca y suaviza la piel, y anima el espíritu con su fragancia. Finalmente la copa rebosante añade una nota de fiesta, con su vino exquisito, compartido con una generosidad abundante. Comida, aceite, vino: son los dones que hacen vivir y que dan alegría porque van más allá de lo que es estrictamente necesario y expresan la gratuidad y la abundancia del amor. Proclama el Salmo 104, celebrando la bondad que viene del Señor: “Haces brotar la hierba para el ganado y las plantas que el hombre cultiva, para sacar de la tierra el pan y el vino que alegra el corazón del hombre, para que él haga brillar su rostro con el aceite y el pan reconforte su corazón” (v.14 y 15). El Salmista es objeto de muchas atenciones, por las que se ve a un viajero que encuentra refugio en una tienda acogedora, mientras sus enemigos deben detenerse a mirar, sin poder intervenir, porque al que consideraban su presa se le ha dado refugio, se ha convertido en huésped sagrado, intocable. El Salmista somos nosotros cuando somos realmente creyentes en comunión con Cristo. Cuando Dios abre su tienda para acogernos, nada nos puede hacer daño.
Al partir el viajero de nuevo, la protección divina continúa y lo acompaña en su viaje:
“Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor, por muy largo tiempo”(v. 6).
La bondad y la fidelidad de Dios son la escolta que acompaña al Salmista que sale de la tienda y se pone en camino de nuevo. Además es un camino que adquiere un nuevo sentido, se convierte en peregrinación hacia el Templo del Señor, el lugar santo en el que el orante quiere “habitar” para siempre y al que quiere “regresar”. El verbo hebreo que se utiliza aquí tiene el sentido de “volver” pero, con una pequeña modificación vocálica puede entenderse como “habitar” y así está traducido en las versiones antiguas y en la mayor parte de las traducciones modernas. Ambas se pueden mantener: volver al Templo y habitar en él es el deseo de todo israelita, y habitar cerca de Dios, en su cercanía y bondad es el anhelo y la nostalgia de todo creyente: poder habitar realmente donde está Dios, cerca de Él.
La estela del Pastor lleva a su casa, es la mitad de todo camino, oasis deseado en el desierto, tienda de refugio en la huida de los enemigos, lugar de paz donde experimentar la bondad y el amor fiel de Dios, día tras días, en la alegría serena de un tiempo sin fin.
Las imágenes de este Salmo, con su riqueza y profundidad, han acompañado toda la historia y la experiencia religiosa del pueblo de Israel y acompañan a los cristianos. La figura del pastor, en especial, evoca el tiempo del Éxodo, el largo camino en el desierto, como un rebaño bajo la guía del Pastor divino (cfr Is 63,11-14; Sal 77,20-21; 78,52-54). Y en la Tierra Prometida era el rey el que tenía el deber de pacer el rebaño del Señor, como David, pastor elegido por Dios y figura del Mesías (cfr 2Sam 5,1-2; 7,8; Sal 78,70-72). Después en el exilio en Babilonia, casi un nuevo Éxodo (cfr Is 40,3-5.9-11; 43,16-21), Israel es reconducido a la patria como ovejas dispersas y reencontradas, reconducidas por Dios a los exuberantes pastos y lugares de reposo (cfr Ez 34,11-16.23-31). Pero es en el Señor Jesús que toda la fuerza evocadora de nuestro Salmo llega a su plenitud, encuentra el culmen de su significado: Jesús es el “Buen Pastor”, el Pastor Bello que va a buscar a la oveja perdida, que conoce a sus ovejas y que da la vida por ellas (cfr Mt 18,12-14; Lc 15,4-7; Jn 10,2-4.11-18), Él es la vía, el camino justo que lleva a la vida (cfr Jn 14,6), la luz que ilumina el valle oscuro y que vence nuestros miedos (cfr Jn 1,9; 8,12; 9,5; 12,46). Él es el anfitrión generoso que nos acoge y nos pone a salvo de los enemigos, preparándonos la mesa de su cuerpo y de su sangre (cfr Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,19-20) y es la definitiva del banquete mesiánico en el Cielo (cfr Lc 14,15ss; Ap 3,20; 19,9). Él es el Pastor real, rey en la dulzura y en el perdón, entronizado en el leño glorioso de la Cruz (cfr Jn 3,13-15; 12,32; 17,4-5).
El Salmo 23 (22) nos invita a renovar nuestra confianza en Dios, abandonándonos totalmente en sus manos. Pidamos con fe que el Señor nos conceda caminar para siempre por sus senderos como grey dócil y obediente, nos acoja en su casa, en su mesa y nos conduzca hacia “aguas tranquilas”, para que en la acogida del don de su Espíritu, podamos beber en sus fuentes, manantiales de esa agua viva que “salta hasta la vida eterna” (Jn 4,14; cfr 7,37-39).
SALMO 50 - Misericordia, Dios mío…1crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme
3Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa;
4lava del todo mi delito, limpia mi pecado.
5Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado:
6contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces.
En la sentencia tendrás razón, en el juicio resultarás inocente.
7Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre.
8Te gusta un corazón sincero, y en mi interior me inculcas sabiduría.
9Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve.
10Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados.
11Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa.
12Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme;
13no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.
14Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso:
15enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti.
16Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios, Salvador mío, y cantará mi lengua tu justicia.
17Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza.
18Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
19Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.
20Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén:
21entonces aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos,
sobre tu altar se inmolarán novillos.
El Padre Farnés medita este salmo diciendo:
El salmo 50, con el que cada viernes empezamos la oración de la mañana, es, para la Iglesia, el salmo penitencial por excelencia. Este salmo fue redactado por Israel en tiempos del exilio o inmediatamente después del retorno de Babilonia, cuando el pueblo, que tenía muy vivo el sentimiento de que su propia culpabilidad fue la causa de los sufrimientos del destierro, quiere asumir, para expiarlas, todas las infidelidades de su propia historia, desde el pecado de David con Betsabé hasta aquellas otras culpas que originaron el destierro y la destrucción de la ciudad santa: Señor, líbrame de la sangre (la que derramó David a causa de sus malos deseos); Señor, reconstruye las murallas de Jerusalén (destruidas a causa de las infidelidades de los reyes de Judá y de su pueblo).
Podemos rezar hoy el salmo 50 como lo rezó su autor, es decir, asumiendo, como Iglesia, los pecados de la comunidad cristiana de todos los tiempos e incluso los de la humanidad entera. Recordemos que somos en el mundo el cuerpo de Cristo y que también el Señor quiso hacerse él mismo pecado, para destruir en su cuerpo el pecado del hombre. En comunión con la iglesia pecadora y con toda la humanidad, imploremos, en este viernes de la muerte del Señor, el perdón de nuestros propios pecados y asumamos en nuestra oración, como lo hizo el Señor en su pasión, los pecados de todo el mundo, suplicando el perdón de Dios.
En la catequesis del 24 de octubre de 2001 Juan Pablo II comentaba:
Hemos escuchado el Miserere, una de las oraciones más célebres del Salterio, el más intenso y repetido salmo penitencial, el canto del pecado y del perdón, la más profunda meditación sobre la culpa y la gracia. La Liturgia de las Horas nos lo hace repetir en las Laudes de cada viernes. Desde hace muchos siglos sube al cielo desde innumerables corazones de fieles judíos y cristianos como un suspiro de arrepentimiento y de esperanza dirigido a Dios misericordioso.
La tradición judía puso este salmo en labios de David, impulsado a la penitencia por las severas palabras del profeta Natán (cf. Sal 50,1-2; 2 S 11-12), que le reprochaba el adulterio cometido con Betsabé y el asesinato de su marido, Urías. Sin embargo, el salmo se enriquece en los siglos sucesivos con la oración de otros muchos pecadores, que recuperan los temas del «corazón nuevo» y del «Espíritu» de Dios infundido en el hombre redimido, según la enseñanza de los profetas Jeremías y Ezequiel (cf. Sal 50,12; Jr 31,31-34; Ez 11,19; 36,24-28).
Son dos los horizontes que traza el salmo 50. Está, ante todo, la región tenebrosa del pecado (cf. vv. 3-11), en donde está situado el hombre desde el inicio de su existencia: «Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre» (v. 7). Aunque esta declaración no se puede tomar como una formulación explícita de la doctrina del pecado original tal como ha sido delineada por la teología cristiana, no cabe duda que corresponde bien a ella, pues expresa la dimensión profunda de la debilidad moral innata del hombre. La doctrina del pecado original quedará explícita en Rm 5,12-21, en correlación con la revelación de la redención por Jesucristo. El salmo, en esta primera parte, aparece como un análisis del pecado, realizado ante Dios. Son tres los términos hebreos utilizados para definir esta triste realidad, que proviene de la libertad humana mal empleada.
El primer vocablo, “hattá”, significa literalmente «no dar en el blanco»: el pecado es una aberración que nos lleva lejos de Dios -meta fundamental de nuestras relaciones- y, por consiguiente, también del prójimo.
El segundo término hebreo es “awôn”, que remite a la imagen de «torcer», «doblar». Por tanto, el pecado es una desviación tortuosa del camino recto. Es la inversión, la distorsión, la deformación del bien y del mal, en el sentido que le da Isaías: «¡Ay de los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz y luz por oscuridad!» (Is 5,20). Precisamente por este motivo, en la Biblia la conversión se indica como un «regreso» (en hebreo shûb) al camino recto, llevando a cabo un cambio de rumbo.
La tercera palabra con que el salmista habla del pecado es “peshá”. Expresa la rebelión del súbdito con respecto al soberano, y por tanto un claro reto dirigido a Dios y a su proyecto para la historia humana.
Sin embargo, si el hombre confiesa su pecado, la justicia salvífica de Dios está dispuesta a purificarlo radicalmente. Así se pasa a la segunda región espiritual del Salmo, es decir, la región luminosa de la gracia (cf. vv. 12-19). En efecto, a través de la confesión de las culpas se le abre al orante el horizonte de luz en el que Dios se mueve. El Señor no actúa sólo negativamente, eliminando el pecado, sino que vuelve a crear la humanidad pecadora a través de su Espíritu vivificante: infunde en el hombre un «corazón» nuevo y puro, es decir, una conciencia renovada, y le abre la posibilidad de una fe límpida y de un culto agradable a Dios. Orígenes habla, al respecto, de una terapia divina, que el Señor realiza a través de su palabra y mediante la obra de curación de Cristo: «Como para el cuerpo Dios preparó los remedios de las hierbas terapéuticas sabiamente mezcladas, así también para el alma preparó medicinas con las palabras que infundió,esparciéndolas en las divinas Escrituras. (...) Dios dio también otra actividad médica, cuyo Médico principal es el Salvador, el cual dice de sí mismo: ʺNo son los sanos los que tienen necesidad de médico, sino los enfermosʺ. Él era el médico por excelencia, capaz de curar cualquier debilidad, cualquier enfermedad»
La riqueza del salmo 50 merecería una exégesis esmerada de todas sus partes. La mirada de conjunto, que ahora hemos dirigido a esta gran súplica bíblica, nos revela ya algunos componentes fundamentales de una espiritualidad que debe reflejarse en la existencia diaria de los fieles. Ante todo está un vivísimo sentido del pecado, percibido como una opción libre, marcada negativamente a nivel moral y teologal: «Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces» (v. 6). Luego se aprecia en el salmo un sentido igualmente vivo de la posibilidad de conversión: el pecador, sinceramente arrepentido (cf. v. 5), se presenta en toda su miseria y desnudez ante Dios, suplicándole que no lo aparte de su presencia (cf. v. 13).
Por último, en el Miserere, encontramos una arraigada convicción del perdón divino que «borra, lava y limpia» al pecador (cf. vv. 3-4) y llega incluso a transformarlo en una nueva criatura que tiene espíritu, lengua, labios y corazón transfigurados (cf. vv. 14-19). «Aunque nuestros pecados - afirmaba santa Faustina Kowalska- fueran negros como la noche, la misericordia divina es más fuerte que nuestra miseria. Hace falta una sola cosa: que el pecador retorne a la misericordia. En el Miserere, el salmista, consciente de su culpabilidad, apela a la benignidad divina. Ya al nacer está envuelto en una atmósfera de pecado porque «pecador me concibió madre» (v. 7). “Todo comienza en tu misericordia y en tu misericordia acaba».
A partir del v. 12 se produce un giro espectacular: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme”. Es significativo, ante todo, notar que, en el original hebreo, resuena tres veces la palabra «espíritu», invocado de Dios como don y acogido por la criatura arrepentida de su pecado: «Renuévame por dentro con espíritu firme; (...) no me quites tu santo espíritu; (...) afiánzame con espíritu generoso» (vv. 12. 13.14). En cierto sentido, utilizando un término litúrgico, podríamos hablar de una «epíclesis», es decir, una triple invocación del Espíritu que, como en la creación aleteaba por encima de las aguas (cf. Gn 1,2), ahora penetra en el alma del fiel infundiendo una nueva vida y elevándolo del reino del pecado al cielo de la gracia.
Los Padres de la Iglesia ven en el «espíritu» invocado por el salmista la presencia eficaz del Espíritu Santo. Así, san Ambrosio está convencido de que se trata del único Espíritu Santo «que ardió con fervor en los profetas, fue insuflado (por Cristo) a los Apóstoles, y se unió al Padre y al Hijo en el sacramento del bautismo». Esa misma convicción manifiestan otros Padres, como Dídimo el Ciego de Alejandría de Egipto y Basilio de Cesarea en sus respectivos tratados sobre el Espíritu Santo. También san Ambrosio, observando que el salmista habla de la alegría que invade su alma una vez recibido el Espíritu generoso y potente de Dios, comenta: «La alegría y el gozo son frutos del Espíritu y nosotros nos fundamos sobre todo en el Espíritu Soberano. Por eso, los que son renovados con el Espíritu Soberano no están sujetos a la esclavitud, no son esclavos del pecado, no son indecisos, no vagan de un lado a otro, no titubean en sus opciones, sino que, cimentados sobre roca, están firmes y no vacilan».
Con esta triple mención del «espíritu», el salmo 50, después de describir en los versículos anteriores la prisión oscura de la culpa, se abre a la región luminosa de la gracia. Es un gran cambio, comparable a una nueva creación: del mismo modo que en los orígenes Dios insufló su espíritu en la materia y dio origen a la persona humana (cf. Gn 2,7), así ahora el mismo Espíritu divino crea de nuevo (cf. Sal 50,12), renueva, transfigura y transforma al pecador arrepentido, lo vuelve a abrazar (cf. v. 13) y lo hace partícipe de la alegría de la salvación (cf. v. 14). El hombre, animado por el Espíritu divino, se encamina ya por la senda de la justicia y del amor, como reza otro salmo: «Enséñame a cumplir tu voluntad, ya que tú eres mi Dios. Tu espíritu, que es bueno, me guíe por tierra llana» (Sal 142,10).
Después de experimentar este nuevo nacimiento interior, el orante se transforma en testigo; promete a Dios «enseñar a los malvados los caminos» del bien (cf. Sal 50,15), de forma que, como el hijo pródigo, puedan regresar a la casa del Padre. Del mismo modo, san Agustín, tras recorrer las sendas tenebrosas del pecado, había sentido la necesidad de atestiguar en sus Confesiones la libertad y la alegría de la salvación. Los que han experimentado el amor misericordioso de Dios se convierten en sus testigos ardientes, sobre todo con respecto a quienes aún se hallan atrapados en las redes del pecado. Pensamos en la figura de san Pablo, que, deslumbrado por Cristo en el camino de Damasco, se transforma en un misionero incansable de la gracia divina.
Ahora oremos este salmo en el silencio habitado de la presencia de Dios y del “sagrario” de nuestra conciencia.
Salmo 8 - La alegría de vivir: el hombre que agradece su existencia
Señor, nuestro Dios,
qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!
Quiero adorar tu majestad sobre el cielo:
con la alabanza de los niños
y de los más pequeños,
erigiste una fortaleza contra tus adversarios
para reprimir al enemigo y al rebelde.
Al ver el cielo, obra de tus manos,
la luna y las estrellas que has creado:
¿qué es el hombre para que pienses en él,
el ser humano para que lo cuides?
Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y esplendor;
le diste dominio sobre la obra de tus manos,
todo lo pusiste bajo sus pies:
todos los rebaños y ganados,
y hasta los animales salvajes;
las aves del cielo, los peces del mar
y cuanto surca los senderos de las aguas.
¡Señor, nuestro Dios,
qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!
La experiencia de David
No sé si lograré comunicarles lo que siento respecto de este salmo. En efecto, no es simplemente un himno de alabanza, aunque muchas veces lo hayamos recitado así, como un canto de alabanza a Dios. Claro que es un himno de alabanza, y ya hemos visto cómo las dos actitudes, la de lamentación y la de alabanza, son las que dan ritmo a la oración del hombre: la alabanza por la vida, y la lamentación por la vida que se acaba, la oración al Dios de la vida para que nos salve.
Ahora no nos encontramos ante una simple exclamación de alabanza a Dios por la grandeza de la creación, y ni siquiera ante una simple contemplación de la grandeza del hombre. Por tanto, este himno encuentra sí su paralelo en el Cántico de las criaturas de San Francisco, pero no completamente. El Cántico de las criaturas es una contemplación de quien mira a su alrededor y ve las obras de Dios en el sol, en la luna, en las estrellas, y lo alaba por el hermano viento, por la hermana agua, por el hermano fuego, por nuestra hermana madre tierra, por los que perdonan, por nuestra hermana muerte.
Me parece que el centro generador de este salmo, que también es un himno de alabanza, es otro, y quiero tratar de expresarlo casi reviviendo el salmo en algún personaje bíblico que probablemente lo vivió en primera persona.
Es un salmo que ciertamente viene de una contemplación de la noche, de la noche oriental en Palestina, llena de estrellas, con un cielo luminosísimo. Pero no es simplemente una contemplación poética de la noche; me parece que nace de una maravilla que parte de acontecimiento humano dramático.
Me imagino la figura de David cuando todavía era un guerrero al servicio de Saúl, que a un cierto punto se siente traicionado por el rey, se siente acosado por sus guardias, y, entonces, huye al desierto de Judá. Y en este desierto, lleno de precipicios y parajes quebrados y oscuros, David huye corriendo hasta que llega la noche. Entonces David se detiene, se siente solo; el enemigo ha perdido sus huellas, pero de todos modos siente miedo, está tremendamente asustado; le ha sucedido algo irreparable, pues ha perdido la confianza del rey; le parece que Dios lo ha abandonado, y se encuentra solo en el frío del desierto y de la noche.
Y he aquí que en este momento levanta los ojos y ve el cielo, ve esas estrellas maravillosas que todavía no nos llenan de asombro, cuando las contemplamos desde el desierto de Judá, con una claridad, con una limpidez que casi hieren los ojos. Y David comienza a pensar: "Cómo es de grande Dios, cómo es de inmenso!" Y en el fondo cómo es de pequeño mi problema. Sí, yo me las di de importante, creí ser alguien, y ahora toda mi fortuna se ha vuelto nada. ¿Qué soy yo frente a este inmenso universo? ¿Ante este tiempo sin fin de Dios? ¿Ante estas riquezas sin límites que los dedos de Dios organizaron en el firmamento?
Y a medida que David se sumerge en esta contemplación, poco a poco se va aplacando, olvida sus afanes, su pasado; se pierde en esta mirada hacia las obras de Dios, y a un cierto momento piensa: "¡Pero si Dios me ama! En el fondo todo este universo es para mí, Dios se acuerda de mí, Dios no me puede olvidar, Dios me visita".
Y he aquí la maravilla del salmo: el hombre que siente su pobreza, su fragilidad, y de improviso se descubre en el centro del universo, en el centro del amor de Dios, de si visita.
El texto dice: "¿Quién es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo del hombre para que te preocupes por él?" El texto hebreo tiene una palabra que significa la visita de Dios: "¿El hijo del hombre, para que tú vengas a visitarlo?". Y con estas dos expresiones: "Te acuerdas del hombre, lo visitas", el autor del salmo tiene en mente casi toda la historia de salvación: Dios que se acuerda de su pueblo. Como dice la Virgen en el Magnificat: "Acogió a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia"; y como dice Zacarías en el Benedictus: "Ha redimido a Israel, ha visitado a su pueblo". Por tanto, el hombre David -y el hombre y la mujer que ora con este salmo- ante la inmensidad de la obra de Dios que por un momento le ha hecho olvidarse de sí mismo, se da cuenta de ser muy amado, de ser en esta grande universo objeto de una predilección cuidadosa, siente que la historia de la salvación se está realizando en él; esta historia de salvación que se realiza porque Dios se acuerda de sus promesas. Dios no abandona jamás a nadie; antes bien, visita a cada uno, le llena el corazón en el momento oportuno.
El hombre en el plan de Dios
De este asombro nace gradualmente en David la claridad que, en el fondo, el mundo es suyo. Al hombre se le ha dado poder sobre las obras de las manos de Dios: "Has puesto todo bajo sus pies, las ovejas, los bueyes, todo juntamente, y todas las bestias del campo. Las aves del cielo, los peces del mar". Entonces es cuando el hombre encuentra su libertad. Antes se sentía fugitivo, esclavo de las circunstancias; ahora, con la mirada hacia Dios y con la certeza de que Dios lo ama, ha vuelto a encontrar su justo puesto, que es el de ser libre, capaz de doblegar la historia, de usar las cosas para crecer en la verdad y en la justicia.
Así el salmo se convierte en un salmo de alabanza, pero de alabanza a Dios que en este universo inmenso, infinito, ama muchísimo a este pequeño hombre, a esta pequeña mujer y le confía esta gran responsabilidad.
El hombre se siente, pues, muy amado y con mucha responsabilidad que Dios le ha confiado: se le ha colocado en sus manos la historia. La exclamación que abre y cierra el salmo: "Oh Señor, Dios nuestro, cuán admirable es tu nombre en toda la tierra" no es simplemente, como decíamos, una mirada contemplativa sobre la creación, casi separada, sino que es una experiencia profunda del hombre del hombre del hombre que se siente amado, y, por tanto, encuentra su lugar preciso en el cosmos, en la historia; encuentra su camino en medio de las cosas y sobre las cosas.
Me parece que el centro generador del salmo es ese asombro que se encuentra expresado en la interrogación central: "¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, qué es el hijo del hombre para que te preocupes de él?". Asombro del que todo el salmo recibe una orden, una configuración precisa; está dividido en dos grandes partes que tienen como punto central esta interrogación
En la primera parte se procede del universo, obra de Dios, para llegar hasta el hombre, pequeño ser disperso, y en la segunda parte se procede de este hombre amado por Dios para dirigir la mirada a todo el universo, cuyo punto clave es el hombre, la mujer.
Aquí tenemos otro ejemplo de la antropología que se encuentra bajo los salmos y que gira alrededor de estos tres grandes conceptos: Dios creador, el hombre sumamente amado, el universo, obra de Dios, confiado al hombre. Tres palabras sencillísimas, pero que nos presentan un cuadro de antropología y de comportamiento humano. El hombre no está solo, nadie está solo; es objeto del amor de Dios, y cada uno de nosotros está en el centro de una realidad de la que está hecho, por amor y con confianza, responsable. Así les propongo la lectura de este salmo: la experiencia de la maravilla de ser tan amados, de ser el centro de este universo tan complejo y que nos podría parecer muy hostil; o en el que podríamos ser tentados a poner las manos como ladrones, destructores de las cosas. Si la visión que tenemos delante fuera solamente la del hombre ante el universo, entonces el hombre podría parecernos aplastado por las cosas, o lleno de tensión heroica, titánica, tratando de someter al universo o de apoderarse de él. Tentativa que después termina usando negativamente este universo, y que lo hace volverse contra el mismo hombre.
La visión del salmo, en cambio, nos lleva al universo, obra de Dios, confiado al hombre no para que lo use a su gusto contra sí mismo o contra los demás, o en perjuicio propio, sino para que haga de él un canto de alabanza a Dios.
El Cántico de las criaturas
En esta perspectiva recuperamos también la del Cántico de las criaturas de San Francisco, si pensamos que nos es el cántico de un hombre que en la tranquilidad de una visión pacífica contempla el universo, sino el cántico de un hombre ciego y moribundo, extenuado por la enfermedad, la de un hombre ya corroído por las fuerzas de la muerte, que todavía tiene el valor de reconocer la grandeza de Dios, su bondad, la presencia del amor en su acontecimiento de vida.
Me parece, pues, que podemos tratar de comprender este salmo en su fuerza dramática, porque no es el resultado de una simple contemplación, sino de una experiencia vivida. Y, entonces, para ayudarles a meditar este salmo, les sugiero tres pistas de lectura, que pueden profundizar en este momento de silencio, y que deberían llevarnos a una conclusión práctica. La primera pista es una relectura antropológica del salmo; la segunda es una relectura cristológica (Cristo como centro); y la tercera es una relectura eucarística.
Pistas de lectura
La relectura antropológica sugiere leer el salmo con la pregunta: ¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo en este acontecimiento mío personal? ¿Quién soy yo con toda mi pequeñez, mi pobreza?; estamos llamados a reconocer en la oración: "Señor , yo no soy nada delante de ti, pero ¿cuán grande eres tú que te acuerdas de mí!". Entonces este pobre que soy yo se expresa en la alabanza, en la acción de gracias porque Dios ha hecho en mí grandes cosas, me ha dado gloria, honor, y, por tanto, tengo que partir ante todo de un gran concepto de los dones de Dios sobre mí.
Ay de nosotros si nos empequeñecemos, si nos acomplejamos; para Dios todos nosotros somos grandes, poco menos que los ángeles. El texto hebreo parece decir nada menos "poco menos que un dios", coronado de gloria y de honor: éste soy yo. Esta reflexión antropológica es una contemplación agradecida de lo que soy yo; y lo que soy yo es todo hombre, toda mujer: digno de gloria y de honor. Entonces, he aquí la consecuencia de esta relectura antropológica: honor al hombre. ¿Se honra verdaderamente a todo hombre, a la mujer? Respecto de los ancianos, podríamos preguntarnos: ¿Se honra verdaderamente al anciano, o hay en mi actitud hacia las personas ancianas o enfermas que me están cerca, tal vez en mi hogar, un sentido casi de compasión, de conmiseración; personas "que no entienden nada", de las que puedo prescindir, y cuyo parecer no me interesa?. Más aún, ¿sé vivir el mandamiento: "Honra al padre y a la madre"?
¿Sé honrar a los que Dios ha puesto cerca de mí? ¿Sé honrar a todo hombre respetando el alma del prójimo, respetando su cuerpo? ¿Hago, pues, del prójimo, del que me está cerca, de la persona que conozco o que amo, alguien a quien honro, o más bien hago del alma, de la vida, del cuerpo de quien me está cerca un objeto de codicia, de avidez, de egoísmo, de sensualidad?
El no honrar al hombre honrado por Dios es asumir la actitud posesiva que arrebata o que quita algo para sí, para el propio provecho, para la propia sensualidad, para la propia pereza, para el propio egoísmo. Esta es la línea de lectura antropológica: ¿Honro todo lo que Dios me ha dado y honro la realidad del hombre que me está alrededor?
La relectura cristológica de este salmo es, en cambio, la que sugieren algunos pasajes del Nuevo Testamento, y pienso sobre todo en el primer capítulo de la Carta a los Hebreos, en donde leemos: "Lo hiciste poco menos que los ángeles, lo coronaste de honor y de gloria" que se aplican a Cristo. O también el capítulo 15 de la primera carta a los Corintios, que dice: "Todo lo pusiste bajo sus pies", Dios puso todo bajo los pies de Cristo, hasta la muerte.
La lectura cristológica significa releer el salmo reconociendo en Cristo resucitado a este Hijo del hombre, frágil, a quien Dios ha llenado en su resurrección de gloria y de honor, y hecho Señor de la historia y de la vida. La lectura cristológica nos invita a honrar a Cristo, a adorar a Cristo Señor de la historia y de la vida, hijo de Dios, a quien en cuanto hombre se le ha dado poder en el cielo y en la tierra, y, por tanto, poder también sobre mi vida, sobre mi porvenir.
La pregunta que nace de esta lectura es: ¿Reconozco a Cristo, Señor de la historia y de la vida? ¿Cómo reconozco a Cristo Señor de mi vida? Sobre todo recibiendo de Cristo mi vocación, reconociendo a Cristo como aquel que me llama; que me llama a vivir mi vida según su designio. Y entonces la oración, en esta relectura cristológica, es: "Señor, ¿qué quieres de mí? Señor de mi vida, ¿qué quieres que haga de esta vida, qué quieres que haga con mi porvenir? El Padre puso a tus pies, resucitado, todo el mundo. Yo te honro, oh Señor del mundo y de la historia, y deseo con mi vida expresar tu señorío sobre la historia. Deseo hacerlo correspondiendo a mi vocación; y en mi ambiente, en la realidad que está entre mis manos, deseo expresar que tú eres Señor de esta realidad.
Hay también una relectura eucarística: ¿Quién es este Dios que visita a cada uno de nosotros, pobres hombres y mujeres, que cuida de nosotros, que se acuerda de nosotros? Es Cristo eucarístico, centro de la vida de la Iglesia. Y así como decimos: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa", así también podemos decir: "Señor, ¿qué somos nosotros para que te acuerdes de nosotros, qué somos para que nos estés acompañando en este momento, en esta iglesia, en nuestras iglesias? ¿Cómo puedo corresponder a este recuerdo por nosotros? Adorándote en el reconocimiento de tu presencia". En esta relectura eucarística acogemos a Jesús resucitado-eucaristía como Señor del mundo y de la Iglesia, como centro, fuente, de la vida de la Iglesia. Todo ha sido colocado a sus pies, todo es suyo, todo retorna a él por medio de la Eucaristía, y de él sale todo para la vida de las comunidades.
La buena noticia
Quiero terminar con una cita de la primera encíclica del Papa Juan Pablo II. Me parece que comenta muy bien lo que yo he llamado el centro generador de este salmo, es decir, este asombro fundamental por Dios -gran creador del universo, indecible, inefable, cuyo nombre ni siquiera podemos pronunciar-, por lo que Dios hace al hombre. Dice el Papa: "...Qué valor debe tener el hombre ante los ojos del Creador si ha merecido tener tan noble y grande Redentor, si Dios entregó su Hijo para que el hombre no perezca, sino que tenga la vida eterna". Y añade: "En realidad, esa profunda maravilla respecto del valor y de la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Noticia. Se llama también Cristianismo".
Entonces este salmo puede releerse como el salmo de la Buena Noticia, de la maravilla respecto del hombre tan amado de Dios. "Esta maravilla -continúa el Papa- justifica la misión de la Iglesia en el mundo, aún, y tal vez mucho más, en el mundo contemporáneo. Esta maravilla, y al mismo tiempo persuasión y certeza de la fe, pero que en modo escondido y misterioso vivifica todo aspecto del humanismo auténtico, está íntimamente unido a Cristo... La Iglesia, que no deja de contemplar el conjunto del misterio de Cristo, -y este salmo puede considerarse como el salmo de toda la Iglesia que se maravilla ante el misterio del amor de Dios por el hombre en Cristo- sabe, con toda la certeza de la fe, que la Redención, obrada por medio de la cruz le ha vuelto definitivamente al hombre la dignidad y el sentido de su existencia en en el mundo, sentido que él había perdido muchísimo a causa del pecado. Y, por tanto, ...tarea fundamental de la Iglesia de todos los tiempos, y sobre todo de nuestro tiempo, es la de dirigir la mirada del hombre, de dirigir la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo, de ayudar a todos los hombres a tener familiaridad con la profundidad de la Redención que se realiza en Cristo Jesús" (Redemptor Hominis, 10).
Por eso podemos rezar este salmo aun con toda la Iglesia, haciéndonos voceros de todos los hombres y mujeres, de todos los niños, ancianos y enfermos, para que nuestra maravilla se convierta en la maravilla de todo hombre que reconoce que no está solo y perdido en un universo ciego y sin dirección, sino que sabe que es muy amado y que tiene en las manos una gran responsabilidad por este mundo y por esta historia.
Pbro. Marcelo De Benedectis
Parroquia San Miguel Arcángel